Me gusta mucho la empresa en la que trabajo. Mi cometido en ella, también me gusta. Me gusta la silla en la que me siento todos los días y me gusta el Mac, mi herramienta de trabajo, sobre una bonita mesa, que también me gusta. Mis compañeros de trabajo me gustan. Y la ventana de mi oficina, y el lago artificial que se ve desde ella. Me gusta el polígono donde se ubica, el más grande de todo Cádiz, muy moderno y actual, rodeado de salinas. Y me gusta el pueblo donde está, que se llama El Puerto de Santa María, que huele a algas y marismas. Me gusta volver a casa por las noches, con los ojos fatigados del deber cumplido. Y mi mujer y mis hijos, que me saben a gloria con el pijama puesto, también me gustan. Todo eso me gusta. Muchísimo. Pero no me gusta el estilo de mi jefe, con su traje de Zegna comprado en la rebajas. Ni su cuello corto asomando por la camisa de Tuzzi. Ni sus feas corbatas de nudo infantil. Ni sus cámaras de vigilancia sobre mi mesa. Ni el retraso en las pagas quince días o más. Ni como trata a la gente, ni su mala educación de niño pobre reconvertido. Ni su mala memoria en lo que promete. Ni el maltrato hacia sus socios, ni su cara de cateto. Ni su falta de preparación. Ni su arriesgada manera de perjudicar a quien no se lo merece. Y muchas más cosas no me gustan de él, que prefiero callarme y que yo se. Otro día las contaré.